Relato: Syanka

Me sumergí en el río helado tratando de limpiar mi pelaje. Ondas escarlata se desprendieron de mi níveo cuerpo, creando a mi alrededor un dibujo efímero que en cuestión de segundos se desvaneció por completo. Contemplé el reflejo de mis ojos en el agua, y mi mirada púrpura me devolvió una expresión atormentada y llena de un miedo que rápidamente me esmeré en ocultar. No muy lejos, el cuerpo inerte que había dejado tras de mí empezaba a congelarse.

Al regresar al que había sido el único hogar que conozco, vi a Mihail, mi tutor. Estaba solo, herido y cansado, y por un instante un pensamiento macabro anidó en mi mente: si le matase en ese mismo momento todos pensarían que habían sido ellos. Sentí la Rabia trepándome la garganta desde la boca del estómago, recordándome todos los castigos que Mihail me había impuesto, todos los golpes, la tortura, el terror... y, como si la mismísima Gaia hubiera suspirado a mi espalda, una inesperada brisa le llevó mi olor a sangre e ira y borró de un plumazo toda oportunidad. Mihail se dio la vuelta y me hizo señas para que me acercara.

El primer impulso que aprendí en mi vida fue el de pedir permiso. Se construía con un leve carraspeo seguido de una inclinación de cabeza, algo que había llevado hasta la perfección durante mis ocho años de vida. Con grandes zancadas llegué hasta él y le expresé dicho impulso, solicitando su beneplácito para dirigirle la palabra. Él asintió, aunque apartó la mirada para seguir alerta a posibles enemigos.

-Nastavnik -dije, empleando mi tosca garganta para llamar a mi maestro-. Le he matado.

Mihail ni siquiera reaccionó. Yo había esperado sorpresa, o tal vez orgullo, pero él se mantuvo impasible, y ello hizo que sintiera el tirón de la Rabia de nuevo. Se suponía que su deber era protegerme de mí misma y del mundo, pero no sólo habían masacrado a mis camaradas... también habían traído al Wyrm con ellos. La corrupción de la matanza era perceptible incluso por mí, que ni siquiera conocía aun mi nombre espiritual. Sentí que mi respiración se agitaba, al igual que mi pulso, cuando recordé la sensación de haber arrebatado una vida. Algo dentro de mí quería volver a hacerlo. Pero Mihail hizo caso omiso, aunque estuve segura de que se había percatado de mi reacción. Sintiendo que en cualquier momento no sería capaz de seguir controlándome, emití un rugido.

Fue algo involuntario, una forma de expresar mi enfado, pero bastó para que la mirada de Mihail se clavara en mí, fría como un cuchillo. Como cada vez que había osado rebelarme, deduje que a continuación me tocaría recibir un correctivo. Sin embargo, para mi sorpresa, Mihail suavizó su gesto. Regresó a su forma homínida, una forma que yo jamás había experimentado todavía, y cual velos de sombra trajo consigo un manto de pieles negras para envolver su débil cuerpo. Con voz pausada, mi mentor empezó a hablar con un tono tan relajado y grave que consiguió que me calmara y escuchara con atención.

-No has podido evitarlo, Erika. No ha sido culpa tuya, sé que has sentido la Rabia dentro de ti como la siento yo. Lo que has experimentado ha sido tu primer frenesí. El primero de muchos -hizo una breve pausa, evaluándome, y yo tragué saliva-. Ahora, acompáñame.

De haber tenido un rostro humano quizá hubiera podido expresar mejor mi desconcierto. Jamás, en toda mi vida, había visto a Mihail tratar con piedad a ninguno de nosotros. El susurro del Wyrm en mi mente me murmuró que era débil, que me temía. Pero yo sabía que eso era imposible. Mihail era un Señor de las Sombras, y los Señores de las Sombras no sienten miedo. Bajé la mirada en señal de sumisión, mucho más tranquila, y él asintió con la cabeza antes de dar media vuelta y empezar a caminar. Como un cachorro que sigue a su madre, fui tras él.

Mihail me guio hasta un hueco en la montaña, apenas un recoveco entre dos rocas por el que él se deslizó sin dificultad y que a mí, sin embargo, me costó atravesar. Una vez allí, me mostró un brazalete con una gema translúcida que refulgía, plana y pulida. En apenas un parpadeo sentí cómo era arrastrada al otro lado del velo, del que había oído hablar a mis camaradas de mayor rango, y el frío de la eterna noche de la Umbra me caló hasta los huesos. Mihail se posicionó a mi lado, y me indicó con un impulso que permaneciera allí dentro. No dudé en obedecer. Luego se alejó entre las rocas y me quedé en silencio, sola y sin saber qué hacer.

Al tiempo dejé caer mi cuerpo sobre la resbaladiza pared que me rodeaba, apoyándome y permitiéndome sentir por fin algo del cansancio que sobreviene tras un frenesí. Entonces sucedió. Apenas cerré los ojos un instante, y al volver a abrirlos, me sobresalté al percatarme de que todo a mi alrededor se había tornado en una densa y absoluta oscuridad. Intenté alzar mi brazo pero ni siquiera era capaz de ver el brillo de mis garras o la blancura de mi pelaje. Hablé, grité y gruñí y no obtuve respuesta, y una vez más sentí que la Rabia bullía dentro de mi pecho. Empezaba a sentirme desquiciada, tan iracunda que de haber acudido alguien en mi rescate, probablemente hubiera sufrido un segundo frenesí.

En ese instante noté algo. Un leve roce, apenas una brisa que removió el cabello de una de mis piernas. Lejos de sentir miedo, por primera vez, creí que podría localizar a quien fuera que me había sumido en aquella negrura insondable. Alargué rápidamente mi zarpa e intenté atrapar el movimiento. Sentí cómo una criatura serpenteante apenas intangible se escurría sin esfuerzo, como si fuera una culebra. Mantuve la garra allí, inmóvil, hasta que volvió a suceder, y esa segunda vez me di cuenta de que la criatura estaba jugando. Debía ser un espíritu, quizá uno jovial, y dentro de su naturaleza encajaba la oscuridad. Sin saber qué estaba haciendo, le hablé con palabras e impulsos, y me senté en el frío suelo a permitir que siguiera jugando conmigo.

-¿Cómo te llamas? -le pregunté, proyectando con un sonido gutural suave una pregunta y a la vez una orden de identificación. La cosa, el espíritu, pareció entenderme y replegó la oscuridad un poco. Fui capaz entonces de distinguir mis blancos miembros. Y también vi cómo, en el suelo, mi sombra emulaba mis gestos.

Había algo extraño en esa sombra. Era demasiado oscura, demasiado nítida cuando apenas había luz en la caverna. Lentamente acerqué una de mis garras hasta la piedra del suelo. Mi sombra siguió mis movimientos en sus reducidas dos dimensiones. Cuando finalmente la rocé con la punta de mi uña, vi cómo se estremecía y descubrí que era el espíritu. Poco acostumbrada a reír, me enternecí llevada por la compasión y la curiosidad que esa criatura me provocaba. Sentí de inmediato un vínculo con ella, somo su fuéramos parte de una misma cosa. Como su hubiéramos estados juntas desde siempre. 

Permanecí allí durante lo que me parecieron horas. Era imposible calcular el tiempo en la Umbra, más todavía pretender que éste se comportara de igual manera que en el plano físico. Bauticé al espíritu de forma básica y simple, Syanka, que significaba Sombra, y me entretuve con juegos e intentos de comunicación. Pero a medida que pasaba el tiempo y Mihail no volvía, me supe abandonada a mi suerte. La parte más crédula e inocente de mí pensó que quizá ellos nos habían seguido hasta aquí y le habían encontrado. Pero quedaba poca inocencia en mi interior. Estaba segura de que simplemente me había dejado atrás.

-Si esto es una prueba -le dije a Syanka-, no esperará que me quede quieta. Y si no lo es y me ha abandonado, será mejor ponerme en marcha.

Me puse en pie y me dirigí a la entrada de la caverna, seguida por el espíritu, que al llegar al límite con el exterior se detuvo. Observé su temblor y me percaté de que tenía miedo. Sentí en ese instante una infinita empatía hacia él, creyendo que, como yo, Syanka había estado encerrada durante toda su vida. Pero al menos, pensé, yo no había estado completamente sola. Hasta ahora.

-¿Tienes miedo? -pregunté intentando no recordar lo sucedido la noche anterior, procurando evadir los recuerdos de sangre y muerte-. No te preocupes, ven. Yo te protejo -y entonces alargué mi zarpa y, cuando el dubitativo espíritu se subió en ella, le dirigí hacia mi pecho. Él trepó entre mi pelaje hasta ocultar un punto en mi costado cercano a mi axila donde se sintió cómodo y protegido.

Alegre al ver que Syanka no me dejaría sola, comencé a caminar por el páramo nevado que me recibió al salir al exterior. El cielo estaba iluminado por una Selene tan brillante y pura que me hubiera quemado la piel de haber estado en una forma homínida que todavía no conocía. Evité su mirada, avergonzada por el pecado que había cometido contra otro Garou unas horas atrás, y centré mi atención en buscar alimento e identificar dónde estaba. Se me pasó por la cabeza intentar regresar al plano físico, pero mi curiosidad pudo más: al fin y al cabo había nacido en luna Theurge, y mi naturaleza me empujaba a quedarme.

Poco a poco mis pasos me llevaron hasta una loma que subí con la esperanza de ver más allá de las copas de los árboles. Cuando alcancé la cima, permanecí todo lo oculta que pude y esperé, observando. Al poco tiempo vi una bandada de aves posarse no muy lejos, y sentí mis fauces salivar. Llevaba sin comer nada desde el día anterior. Esperé al momento oportuno y, tras el acecho, me lancé a por una de ellas. No era la primera vez que participaba en una cacería, pero sí la primera que lo hacía yo sola y no debía la mejor pieza a ningún superior. La devoré sin piedad ni pudor, intentando saciar un hambre que no se iba. Así fue cómo, para mi desgracia, descubrí que las cacerías espirituales no nutren el cuerpo. Habida cuenta de mi hambre, sí percibí que una renovada energía se introdujo en mí, pero todavía no sabía que se trataba de la Gnosis que tanto agradecería en el futuro.

Frustrándome de nuevo sentí la Rabia subir por mi garganta y lancé un gruñido furioso. Al ver que nadie acudía a reprimir mi osadía me embargó una sensación de libertad tan grande que aullé con alegría. Estuve aullando durante un buen rato hasta que finalmente sentí cómo liberaba la tensión de todo lo vivido entre lágrimas. Me hice pequeña, recogiendo mi cuerpo y apoyándome en un árbol, y lloré amargamente por la pérdida de mis compañeros, por el miedo del combate, por el ansia de sangre y por la desesperación que había anidado en mi pecho al creerme sola y abandonada en aquél lugar para siempre. Syanka emergió del rincón de mis costillas donde se había ocultado y me envolvió con un ademán protector, apiadándose de mí. Finalmente caí rendida por el cansancio.

Desperté con la luna en otra posición. Yo ya sabía que eso no cambiaría, ya que en la Umbra siempre es de noche, pero pensar que había dormido tanto como para que pasaran días me desubicó durante unos instantes. Después, los recuerdos se abrieron paso cual torrente y me estremecí. Seguía sintiéndome cansada y hambrienta, pero me puse en pie y oculté a Syanka en su rincón, agradecida por su consuelo. Bajé la loma y deambulé sin rumbo por un largo rato. Para prevenir una temida pérdida de lucidez, decidí componer un mantra con los nombres de mis camaradas caídos. Alla... Bogdan... Victoria... Gordey... Dima...

Cada vez que llegaba a Dima sentía náuseas, pues había sido mi principal compañero de juegos, el único al que había considerado un amigo en toda mi vida. Había nacido apenas unos días antes que yo, y del mismo modo que conmigo, su nacimiento había provocado la muerte de su madre. Tras nosotros, los Señores de las Sombras habían dado con rituales que ayudaban a la Garou parturienta a sobrevivir al terrible trance por el que pasaba. Si tan sólo hubieran dado con ellos antes...

Tenía las patas enrojecidas por la nieve, sentía mis miembros cansados y cómo mis fuerzas me abandonaban. Zhivka... Zlatan... Isolda... Joanna... En mi delirio, creí vislumbrar una zona en la que la nieve se extinguía, y aunque sabía que aquello no me ayudaría a pasar desapercibida, la posibilidad de un terreno más cálido y acogedor me convenció. Karl... Leopold... Matilda... Nazar... Lentamente crucé el linde de la nieve, y en el instante en el que pisé aquella tierra negra, me di cuenta de que su color se debía a la gruesa capa de ceniza que lo cubría todo. 

Las huellas que mis garras traseras dejaban tras de mí se espaciaban cada vez menos, denotando mi avance pausado y cauto. Miré a mi alrededor llevada por un mal presentimiento, y deduje con espanto que había llegado al reflejo espiritual del lugar donde mis compañeros habían perecido. El único rastro que quedaba de los barracones donde dormíamos y de la lucha que había acontecido allí era la destrucción. Pequeños espíritus retorcidos que en el futuro descubriría que eran hijos del Dolor y de la Muerte deambulaban devorando trozos de madera y de recuerdos. Cubrí mi hocico con asco al percibir el olor de la carne quemada y del hollín que, a mi paso, cada vez manchaba más mi pelaje.

Intenté pasar desapercibida sin éxito, pues todos los ojos me seguían. Inquieta y algo asustada, intenté no darle vueltas y volví a mi mantra. Olech... Prokhor... Roldan... Serafina... La pobre Serafina había nacido en luna Philodox y sólo tenía tres años. Siempre se esforzaba por hacerse notar y que los demás dejáramos las peleas. Escuchaba la Letanía y la repetía como una oración, esperando encontrar en ella una solución para nuestra desgracia. Recordé ver su cuerpo desgarrado y reducido a un amasijo de pelaje ensangrentado y carne poco antes de que el rojo tiñera mi consciencia la noche anterior. Tras aquella visión, recordaba haberme abalanzado sobre el Garou al que había matado en mi primer Cambio. Después, sólo recordaba el rojo de la Rabia. 

Fue en ese momento cuanto los pequeños espíritus se pusieron en movimiento, dirigiéndose a mí. De alguna manera, mis emociones negativas les habían atraído, pues para ellos no era más que alimento. Me rodearon rápidamente y  comenzaron a emitir un lamento incesante que me taladró los tímpanos, recordándome los aullidos de dolor de mis hermanos. Entre la tristeza, el cansancio y el sonido de los espíritus me hice un ovillo, derrotada.

La voz de Wyrm se hizo más poderosa, alimentándose de mi ira y de mi sufrimiento, y repitiéndome una y otra vez que era débil. Yo negaba con la cabeza, pero mis gemidos se abrían paso a través de mi garganta sin que pudiera evitarlo. De repente, el suelo empezó a temblar, y todas las criaturillas corrieron a esconderse. Escuché con atención sin moverme ni un ápice, con el corazón latiéndome prácticamente en la garganta. El pelaje de mi espalda se erizó, alertándome del peligro, y con ojos desorbitados alcé la vista para encontrar a la criatura que se acercaba. Con un movimiento errático y espasmódico, un ser de descomunales proporciones que irradiaba luz y llamas escarlata apareció ante mí.

El ser, grotesco y deforme, derramaba corrupción. No sabía si se trataba de un espíritu, pero si lo era, sin duda tenía que estar corrupto. Me puse en pie e intenté retroceder, mas no llegué muy lejos. El monstruo exhaló una bocanada de fuego sin permitirme salir de allí a tiempo. Percibí antes el olor a cabello quemado que el dolor en la piel, pero éste no se hizo esperar. Aullé de inmediato, a caballo entre el sufrimiento y el miedo, y arañé los restos de pared de uno de los barracones, intentando escalar a su interior y buscar dónde guarecerme. La criatura no me quitó ojo ni me dio tregua, castigándome sin piedad con otra llamarada que apenas pude esquivar.

No tenía escapatoria. Era demasiado grande, demasiado cruel y corrupto. Intenté ser astuta y pensar en qué tipo de espíritu era, pero cuantas más vueltas le daba más segura estaba de que no era un espíritu del lugar. Eso sólo podía significar una cosa: ellos lo habían traído. Probablemente en un intento de "purificar" el lugar de nuestra infame presencia, alguna manada habría traído un Yaglino relacionado con el fuego, quizá hijo de alguno de sus Tótems tribales, aunque por el poder que tenía me temía que fuera de la mismísima estirpe del Celeste Helios. Toda mi vida había sentido que el sol mordía mi piel incluso en mi forma de combate, dañando mis sensibles ojos, que ahora me hervían dolorosamente. Aquella situación parecía la epítome de mi mala suerte.

Sin tener idea de cómo vencer un ser tan poderoso apreté mi cuerpo contra los restos de pared e intenté pensar con claridad. Continué con mi mantra, intentando mantener la calma. Toma... Úrsula... Fania... Crista... Tsvetan... Quizá si corría rápidamente, si conseguía cambiar de forma... Chavdar... Sholpan... Yury... Yaropolk... Alla... Dudé si era capaz, viéndome tan acorralada y cadáver como todos los camaradas que había perdido. Bogdan... Victoria... Gordey... Dima... En ese momento sentí el velo de sombras de Syanka emerger de mi cuerpo y protegerme. El espíritu intentaba ayudarme a sobrevivir. Los ojos se me llenaron de lágrimas, lo que me produjo a la vez alivio y una punzada de irritación. Si Syanka era capaz de luchar, yo también debía serlo. Desterré inmediatamente la idea de huir.

Toda mi vida me habían repetido que yo era un monstruo, un ser débil y corrupto, y que mi mácula me llevaría a mi perdición. Pero no era yo el monstruo esta vez, sino esa criatura rezumante y peligrosa. Sentí la adrenalina de la Rabia. Sentí el poder de la Gnosis. Tras su última bocanada de fuego me puse en pie y lo encaré, dispuesta a destruirlo. La madre Gaia me habría repudiado, pero yo había nacido en su regazo, como todos mis hermanos, y era sus garras y colmillos, como ellos. Era parte de su alma, como ellos. Como todos los espíritus. Alargué mis garras y canalicé, sin entender cómo, la Gnosis que había conseguido absorber en mi cacería. Le di forma de hilos, tejiendo con ella cadenas espirituales. Entonces, con un rugido que ahuyentó a las alimañas que todavía permanecían guarecidas esperando cual buitres la carroña que su amo les dejara, lancé mi trampa.

Mihail me había hablado de aquél don. Me había contado que ningún espíritu podía escapar a la voluntad de un Señor de las Sombras. Y yo acababa de convertirme en uno. Con paso decidido me acerqué al espíritu solar y lo contemplé con odio, ladeando el gesto. Era un ser corrupto sin redención posible, y decidí matarlo sin mediar palabra. Sabía que dolería, pero era mi deber como sierva de Gaia. Abrí las fauces y hundí mis colmillos en lo que parecía su cuello, y él, incapaz de alejarse, aulló de dolor. Yo reprimí mis propios gruñidos, sintiendo cómo me abrasaba la piel y la lengua. Al arrancar parte de su Gnosis y abrir la boca de nuevo, exhalé el humo que se había acumulado en mi paladar y escupí los restos al suelo. Tras ello continué con mis garras, dejándome llevar por la Rabia y dejando que mi cuerpo sanara tras cada envite.

Sólo cuando el espíritu se extinguió por completo me quedé quieta. Tenía los brazos en carne viva, y mi cuerpo apenas era capaz de recuperarse de tantas heridas. Notaba como si mi lengua se hubiera hecho jirones, como si fuera apenas un objeto inerte en mi boca. No tenía saliva que tragar, y hubiera hecho cualquier cosa por beber un trago de agua. Me sentí desfallecer, al borde de la muerte, y en un abrir y cerrar de ojos me encontré en el suelo. Entre las nubes de humo y ceniza que se alzaban en volutas atisbé a Selene, y finalmente me sentí capaz de mirarla sin temor. A continuación, sólo sentí la oscuridad envolverme de nuevo, y pensé que quizá Syanka había sobrevivido.

Desperté de nuevo en la nieve. Instintivamente carraspeé y sentí una punzada de dolor, pero me di cuenta de que alguien había curado mis heridas. Miré a mi alrededor y vi que era de día, por lo que había salido de la Umbra. Intenté incorporarme, pero escuché cómo alguien me ordenaba que permaneciera quieta y que no intentara hablar. Aun así alcé mi torso y giré la cabeza, en busca de la voz. Mihail se encontraba a unos metros de mí, sentado sobre una roca y portando una pequeña caja con él de madera entre las manos. Le miré inquisitiva, y lancé un suave mensaje de agradecimiento.

-No has superado la prueba por completo -me espetó duramente. Yo sentí un nudo en la garganta y quise llorar, pero resistí ante la mera idea de lo patética que resultaría si, tras mi hazaña, me comportaba cual cachorro frente a Mihail-. Aun así -replicó, y le contemplé expectante-, los espíritus de la estirpe de Abuelo Trueno te han reconocido como Cliath. A partir de hoy deberás presentarte como Erika Castigo del Sol, Cliath Metis de los Señores de las Sombras.

Desobedeciéndole opté por incorporarme y mirarle a los ojos. No mentía, y de hecho me dio la sensación de que había una nota de cariño en su voz. Embargada por la emoción me arrodillé y le expresé mi agradecimiento en un impulso primario que él recibió como todas nuestras interacciones, cual ritual antiguo. Había sido mi maestro, siempre había sido la guía en quien apoyarme para saber qué hacer. Pero a partir de ese momento no sabía qué sucedería conmigo. Le expresé mi duda pero él no dignó a responder. Con un gesto me indicó que me acercara. Yo me puse en pie, tambaleante, y me dirigí a las rocas. Volví a clavar la rodilla en la nieve ante él y esperé con el rostro agachado, sumisa. Él alargó la caja y me la cedió. Pedí permiso para abrirla y, tras obtenerlo, contemplé los dos abalorios que había en su interior. Uno era el brazalete que ya había visto en manos de Mihail, el que nos había ayudado a cruzar a la Umbra. El otro era un pendiente con una pluma engarzada.

-A partir de ahora estos Fetiches serán para ti -no podía creer que me obsequiara de aquella manera, pero mantuve la compostura-. Respecto a tu duda, serás enviada con otra tribu. En el clan de Abadía de Kylemore, de los Fianna, hay un joven Cliath que quizá algún día sea merecedor de nuestro apoyo y que habrá que vigilar. Partirás dentro de tres días. Ese es el tiempo que dispondrás para zanjar tu aprendizaje conmigo. Y ahora, Castigo del Sol, tienes mi permiso para descansar.

Cuando hubo acabado se levantó y se alejó, y yo, por primera vez, no le seguí. Clavé el zarcillo en mi oreja, que se unió inmediatamente a mi estructura espiritual. Luego me puse el brazalete. Contemplé la piedra pulida, maravillada, y me di cuenta de que era capaz de ver el otro lado en ella. Aquél fetiche era una ventana a través de la Celosía, un hueco por el que pasar al otro lado sin dificultad.  Me vi reflejada, y mis aspecto dejaba mucho que desear, pero mis ojos irradiaban un orgullo desconocido para mí hasta ese día. Tras de mí, pude ver que la figura de Syanka emulaba mi sombra y sonreí, pues supe que me acompañaría para siempre.

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