Relato: El hilo amarillo


Pasaba la medianoche cuando Castigo del Sol y Melodía del Alba se reunieron. Taranis, el espíritu del viento, se había encargado de dar el aviso a Castigo del Sol, quien amparada por las sombras de Syanka se escabulló del túmulo sin ser vista. Apenas vislumbró los ojos de la metis, Elioth sintió que todo el malestar que había acumulado durante las pasadas noches se desvanecía. Llevaba un tiempo pensando en lo hipócrita que resultaba hablar de igualdad y hermandad cuando tenía que rebajarse a tratar a Erika como la trataban los demás. Pero ahora que estaban juntos, nada de eso importaba.


Por su parte, ella apretaba los puños para contenerse. Se moría de ganas de acercarse a Elioth, de pedirle que la ayudara a olvidarlo todo. Pero, como siempre, tenía que retener sus emociones. Se plantó a un par de metros de distancia de él y bajó la mirada en el acto. Elioth empezó a hablar, como de costumbre, disculpándose por el castigo que le había impuesto. Ella negó con un gesto:


-No pasa nada -murmuró con un hilo de voz-, está bien -ambos sabían que servir a Elizabeth Hija de Halcón durante tres días podría ser beneficioso para ellos. Erika tendría la ocasión de espiarla y averiguar cómo la mácula de su pura raza se manifestaba en ella.


Antes de que dijera nada más, y sabiendo que su reciente rango de Fostern conllevaba un alto precio, Erika cubrió sus labios con el dedo índice para pedirle silencio. Rápidamente colocó el fetiche que había construido para Elioth alrededor de su cuello y lo activó con algo de Gnosis, velando el reflejo del espejo. Luego le explicó lo que había tenido que hacer para pasar su prueba: a partir de ahora Mihail y los demás Señores de las Sombras conocerían cada palabra que el alfa pronunciara, cada paso que diera, excepto si utilizaba ese colgante. Elioth asintió seriamente, sabiendo que era necesario, y entre los dos idearon un código de gestos para evitar cometer un desliz por error.


Una vez seguros de su intimidad hablaron sin miedo. Elioth, que ya sabía qué les depararía el viaje a Aullido Austero, confió en Erika a pesar de haber asegurado a Hija de Halcón que guardaría el secreto. Ella le confesó que los Señores de las Sombras esperaban resultados al respecto. Como era habitual, querían ver caer a los Colmillos Plateados. Les iba a costar manejar la situación, pero sería un problema al que se enfrentarían juntos.


A Erika le preocupaba la discusión que había tenido la manada durante la cena, pero Elioth ya había hablado con Frank y Shana. Tranquilizó a Erika con una sonrisa, y a ella se le derritió el corazón. No recordaba cuándo había dejado de verle como a un simple compañero, pero sabía que lo que sentía por él iba más allá. Ambos querían hacer saber al resto del grupo lo que pasaba entre ellos, pero temían que la reacción de Frank fuera a ser incontrolable. En ese momento, Elioth mencionó que tenía la esperanza de que ayudar a Izal le trajera algo de paz, a lo que Erika desvió la mirada, culpable.


-Deberíais centraros en vuestras pruebas de Fostern y olvidaros de ella -cortó en un intento de distraer su atención, pero Elioth insistió.


-No podemos dejarla de lado -se negaba a seguir haciendo lo que los demás creían correcto, sabiendo que no lo era-. Además, es importante para Frank.


-Es demasiado tarde -mantuvo Erika, intentando no convertir a Elioth cómplice de lo que había hecho-. Es demasiado tarde para Izal -repitió en tono de súplica, resistiéndose a contárselo.


-No lo es y me niego a pensar de esa manera. Dejarla de lado sería lo mismo que rendirnos -la seguridad de su voz era implacable.


-Elioth… -cedió ella en un suspiro-, está muerta.


El silencio cortó el ambiente durante segundos. Después, Elioth asumió que era una realidad irreversible. Lo sentía más por Frank que por la propia Izal, quien prácticamente estaba muerta en vida. Erika no quiso entrar en detalles, pero sí explicó que lo había hecho por Shana. No podían permitir que nadie, y mucho menos su propia hermana, cayera en Harano. Aunque eso implicara ensuciarse las manos. Pero Elioth sabía que no había sido fácil. Sabía cómo era ella en realidad, que no era sólo una Señora de las Sombras. Ella era como él.


Elioth la envolvió entre sus brazos, y Erika se tensó, como siempre. Pero no se apartó. Quizá Elioth fuera la única persona a la que permitiera abrazarla así. Ni siquiera Mihail conseguía acercarse tanto sin que se resistiera, especialmente teniendo en cuenta el miedo que le tenía. Pero con Elioth no sentía miedo. Levantó el rostro, buscándole con los labios, y él se dejó llevar como dictaba su sangre Fianna. En cuestión de segundos se fundieron en lo que ambos deseaban repetir desde aquella primera vez en Galway. A pesar de que sabía que Erika intentaba contenerse, Elioth intentaba retarla, queriendo que diera rienda suelta a sus instintos. Ella temía hacerle daño, pero él le demostró que era más fuerte que ella, que podía dejar de lado el temor y entregarse. Extenuados y liberados de toda tensión y rabia, acabaron tendidos en el suelo, jadeando pero sonrientes.


Recostada en su pecho, Erika preguntó qué pasaría con ellos. Con lo que estaban construyendo. Elioth, entrelazando sus dedos en los cabellos blancos de Erika, sonrió. Le explicó lo que sentía por ella, aunque era algo que ya le había dicho más de una vez, y que nada le haría cambiar de parecer. Deseaba que siguieran juntos, aunque tuviera que ser en secreto. Pero Erika no podía olvidar lo que todos se habían esmerado en recordarle durante la fiesta: Elioth debía tener parentela, y ella jamás podría dársela. Aún así, Elioth no tenía ningún interés en perpetuar su linaje si con eso podía estar con ella y así se lo hizo saber. A causa de su insistencia y de mala gana, finalmente Elioth se comprometió a elegir a alguien que contentara a su tribu. Erika prometió contener su rabia y sus celos, y para hacérselo más sencillo, Elioth le dijo que cada vez que tocara el colgante que ella le había ello, significaría que la amaba. Era un gesto dulce que apenas podía competir con el dolor que les depararía el futuro.


-Ojalá pudiéramos hablar con Gaia. Preguntarle por qué ha hecho esto… por qué te ha hecho esto -declaró Elioth, apretando los labios, asqueado por la situación-. Ojalá fuera tan fácil como llamarla y que viniera.


Los ojos de Erika brillaron con la emoción de una idea. Si Elioth tenía el objetivo de unificar todas las tribus en una, hacer una sola nación Garou, quizá su misión podría ser precisamente esa: buscar el espíritu de Gaia. Hablar con ella. Preguntarle por qué la había maldito de ese modo. Se lo hizo saber con ilusión a Elioth, que respondió de igual modo. Se besaron una última vez, atesorando aquél momento sin saber cuándo volverían a tener ocasión de estar solos, y antes de que despuntara el alba se separaron. Ninguno de los dos miró atrás, sabiendo que el vínculo que les unía no era visible.


Entradas populares de este blog

21 de abril de 2009 - Descanso en Timber Howl

3 de abril de 2009 - El inicio